Una copa
de vino a medio vaciar,
quién
sabe cuánto tiempo lleva acá;
la
botella, en tanto, volteada bajo la mesa
no
alcanzó a derramar toda su sangre en la alfombra.
Dos
moscas se cortejan a toda velocidad
repartiendo
su afán sobre el mantel manchado.
Verduras
y frutas descompuestas
se
revuelcan en una canasta, coreográficamente,
desfilando
sus nuevos trajes fúngicos.
Un poco
de sopa desahuciada, descansa en armonía,
insospechada
tras la tapa de una olla.
«Ojalá
nadie me descubra», piensa,
mientras
sus manitos cavan en la trinchera correcta.
Un bosque
austral de ropa tirada por el suelo.
Zapatos
que enmudecieron con el pasar de los días
abren
paso a inoportunos cordones montañosos,
cumbres
espesas y molestas que lastiman la mirada.
La cama
expuesta como un lienzo, no es mero pretexto,
es
pretérito imperfecto en todo su esplendor,
con toda
la magia y con todas sus letras.
Pero
cuidado, hay que irse con calma,
pues su
arte es despiadado, insurrecto,
como
aquella última vez en que el amor, todo insolente,
pasó por
acá, repartiendo espasmos.
Una
canción bitlera y afrancesada
brota a
toda prisa por una radio destartalada,
lleva
largas temporadas aguantando las ganas;
y justo
ahora, solo pienso en paradojas,
la cabeza
gira a 33 1/3 RPM;
las ideas
vuelan raudas y rasantes,
como tú y
esta madrugada.
La pared
ventila los secretos que empolvó por siglos.
Fotografías
disparan, descifran rostros añejos,
obsoletos
para este y todos los tiempos;
festinan
las andanzas, y las tardes de verano,
los
paisajes suculentos, los laureles,
los
sauces, el llanto y sus sombras,
la noche
intacta, muda entre la arboleda;
chiquillos
consumidos por el paso del tiempo.
La luz y
la vida—tanta vida que entibió las venas—
miran,
enjuician y escupen al unísono,
sufren
por las malas decisiones que, todavía,
siguen
amontonadas detrás de cristales y uniformes.
Un
bostezo—o quizá una brisa de aire fresco—
entra
liviana por la ventana de la cocina.
Viene
improvisando, a la antigua,
con los
acordes diáfanos de un pianito barroco;
me toca
el alma, su color es tan familiar.
Por aquí
la vida pasó hace años,
parece un
siglo, un siglo en el abandono;
y los
besos cálidos que, en otra época,
pintaron
tan felizmente, en tonos radiantes las escaleras,
se fueron
enfriando con la misma rapidez que,
justamente
ahora, nos cambia el curso del viento.