Y si hay que dejar el universo atrás,
desconectar los cables que me han drenado
desde mucho antes de la distensión y el cuentagotas;
cuando el tiempo no existía para mí.
Y si hay que establecer repeticiones,
deformar en crudo un zumbido eléctrico
por campos sembrados y dulces, quietos de frío;
con las venas colgadas del relicario
y la sed dando vueltas en círculos.
Descansar en las esquinas viendo arañas todo el día,
delicadas, enfrascadas por mi llama.
Descansar en las cortinas mordiendo arañas todo el día,
desarmadas, sumergidas en mi cama.
Redes ciegas salen por mis ojos,
la cabeza rueda muerta en la escalera.
No estoy en condiciones de tratarme, ni siquiera, un poco bien.
No estoy en condiciones de tratarnos, aunque sea, alejadamente bien.
Negro oscuro, astro profundo y ansioso;
la noche, en su infinito pavor,
busca mil soles invertidos bajo mis pies.
Azul marino, escampada la ventisca,
retrocede por cornisas y paredes, deja marcas, casi huellas,
sombras enterradas en altamar: ese de alma fría y tan vacía,
de domingos fotografiados, de tonos blanco invierno, escala de grises;
una tromba de tiempo espeso que me da la espalda.
De cazador a presa, de correr a arrastrarse bajo las piedras,
las raíces enredadas, hormigueo constante,
seda que de a poco me adormece.
Pronto estaré vacío por dentro, pellejo al viento,
desecho, orgánico y desperdiciado,
abono, en algún rincón de algún jardín,
olvidado, ausente, desperdigado sin ningún afán.
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