martes, 14 de enero de 2025

PIANITO BARROCO

 

Una copa de vino a medio vaciar,

quién sabe cuánto tiempo lleva acá;

la botella, en tanto, volteada bajo la mesa

no alcanzó a derramar toda su sangre en la alfombra.

Dos moscas se cortejan a toda velocidad

repartiendo su afán sobre el mantel manchado.

Verduras y frutas descompuestas

se revuelcan en una canasta, coreográficamente,

desfilando sus nuevos trajes fúngicos.

Un poco de sopa desahuciada, descansa en armonía,

insospechada tras la tapa de una olla.

«Ojalá nadie me descubra», piensa,

mientras sus manitos cavan en la trinchera correcta.

 

Un bosque austral de ropa tirada por el suelo.

Zapatos que enmudecieron con el pasar de los días

abren paso a inoportunos cordones montañosos,

cumbres espesas y molestas que lastiman la mirada.

La cama expuesta como un lienzo, no es mero pretexto,

es pretérito imperfecto en todo su esplendor,

con toda la magia y con todas sus letras.

Pero cuidado, hay que irse con calma,

pues su arte es despiadado, insurrecto,

como aquella última vez en que el amor, todo insolente,

pasó por acá, repartiendo espasmos.

 

Una canción bitlera y afrancesada

brota a toda prisa por una radio destartalada,

lleva largas temporadas aguantando las ganas; 

y justo ahora, solo pienso en paradojas,

la cabeza gira a 33 1/3 RPM;

las ideas vuelan raudas y rasantes,

como tú y esta madrugada.

 

La pared ventila los secretos que empolvó por siglos.

 

Fotografías disparan, descifran rostros añejos, 

obsoletos para este y todos los tiempos;  

festinan las andanzas, y las tardes de verano,

los paisajes suculentos, los laureles,

los sauces, el llanto y sus sombras,

la noche intacta, muda entre la arboleda; 

chiquillos consumidos por el paso del tiempo.  

La luz y la vida—tanta vida que entibió las venas— 

miran, enjuician y escupen al unísono,

sufren por las malas decisiones que, todavía,

siguen amontonadas detrás de cristales y uniformes.

 

Un bostezo—o quizá una brisa de aire fresco—

entra liviana por la ventana de la cocina.

Viene improvisando, a la antigua,

con los acordes diáfanos de un pianito barroco;

me toca el alma, su color es tan familiar.

 

Por aquí la vida pasó hace años,  

parece un siglo, un siglo en el abandono;

y los besos cálidos que, en otra época,

pintaron tan felizmente, en tonos radiantes las escaleras,

se fueron enfriando con la misma rapidez que,

justamente ahora, nos cambia el curso del viento.

 

 

 

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