Un tren pasó toda la noche;
el aire sofocado entre los rieles,
desde el insoportable ladrido de los perros
hasta el primer canto de los pajaritos
—esos que tanto te gustaban—.
Era ya tarde, casi la hora del diablo,
el sonido metálico de los carriles: machacados por mis pesadillas;
la barba se me ponía más blanca y el río incendiaba los pies,
como una metáfora de guitarra sin melodía,
como un llanto sin anestesia,
como la sombra del lado opuesto de la luna; esa misma, nuestra luna.
—¿Una manito de dominó mientras esperamos?—
Las patas colgaban del abismo que construimos con nuestros propios silencios.
Si pudieras entender el hielo que selló mis labios sabrías por qué se nos secó el patio,
por qué nos quedó tan solo un árbol mirando al cielo
y que nos obligó a pinchar las estrellas hasta quebrarlas,
a quedarnos con las manos en tinta, rojas, con la rabia a cuestas.
Condenados a tragar el veneno de esta existencia florecida entre las tumbas.
Un tren pasó toda la noche,
y no supimos qué hacer...
Me quitaste la cobija, me quejé de hambre,
vomitaste un suspiro y luego perdí el aliento.
Ya no había diamante alguno que nos relumbrase la vida,
solo fierros retorcidos por dentro del alma,
un choque frontal, escondido, pero asomado,
la dulce patria fusilada en las pupilas;
y volamos por los aires, destrozados pero felices, pañuelo al viento,
más tarde que temprano, como en septiembre.
Y se nos cayó de golpe la infancia,
se nos cayó de golpe la dulzura,
se nos cayó de golpe el amor.
Santo amor del cielo, rojo y justiciero.
Un tren pasó toda la noche,
me rajó el techo, resintió las cadenas,
agrietó las murallas, dañó la pintura;
entonces el cielo ya no fue más azul,
era solo un puñado de tiempo endurecido tras el cristal.
La estructura hoy cede, pero me quedo quieto,
pensando en tu vestido floreado,
en tus besos desaparecidos,
en mis ganas de ver la luz de un nuevo día,
en esta idea nada mala de quedarme estirado para siempre,
con un letrero colgado del pescuezo,
una sentencia en la frente,
un verdadero o falso,
una selección de alternativas incorrectas.
Nunca hice nada bien,
por eso fantaseaba con los trenes,
porque esperaba perderme:
por el norte, por los campos, en las llanuras,
en mí, en ti, en nosotros;
pero las astillas se fueron incrustando entre mis uñas,
la viruta del acero se me embutió por la nariz,
convirtió mis pulmones, mis arterias y todo cuanto yacía adentro
en una máquina de metal, altamente inoxidable;
hasta que un buen día, desaparecí.
Desaparecimos.
El uno del otro.
Nos perdimos entre el humo de la fábrica,
entre el aserrín, entre el carbón,
entre la tierra, el sol y el sudor,
entre las redes que van y vienen al fondo del mar,
entre el hedor de las carnes descompuestas.
En el cansancio nuestro de cada día.
Entre esto y aquello, entre todo, se me fue haciendo tarde.
Y pensé que lo soñaba, pero no era cierto,
ya me lo habías contado antes,
muchos años antes, en tu carta, aquella del siglo pasado:
«He escuchado un tren pasar toda la noche.
Un tren viejo de piedra y fierros tormentosos,
de carros pretéritos, con el humo pegado a la piel,
los pasos, como un trueno; el hambre, amarrada al existir.
Con la verdad en la punta de la lengua, y el espejo roto hasta la médula».
Fue entonces cuando entendí: siempre hubo un tren;
y si uno ha de partir, otro habrá de llegar.
¿Será cierto que ya vienes?
Ahora, si bien no vengas, espero, al menos,
hayas mandado fruta.
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