sábado, 27 de diciembre de 2025
sábado, 20 de diciembre de 2025
LA VISITA
No me vas a creer quién estuvo acá en la tarde. Sí, Julia. ¿Ya ves cómo finalmente vino? Te dije que tarde o temprano lo haría. Llegó poco después del almuerzo. Tomamos café y fumamos. Conversamos menos de lo acostumbrado. Le conté que no me estaba yendo muy bien con algunos asuntos. Con ciertas cosas molestas y decisiones que—como bien ya sabes—me traen un poco entreverado. No dijo mucho al respecto, principalmente esbozó una mueca, de esas penosas, como de culpa. De esas que brotan desde el alma misma, atraviesan por el estómago, el corazón, y suben por la garganta, cual llanto seco, para acabar floreciendo apenas, mudas, por la comisura de los labios.
—Uhhhh, hace como mil años que no escuchaba esta canción—. Subió el volumen, emocionadísima, y comenzó a cantar usando el control remoto como micrófono. Embobado—pero saboreando algo bastante parecido a una felicidad que también creí haber extraviado mil años atrás—, desde el sofá, me quedé prendado de aquella dulce imagen:
"Give me a reason to love you,
give me a reason to be a woman.
I just wanna be a woman".
Conocía esa escena, desde mucho antes. Había permanecido dormida por algún tiempo, pero jamás dejó de estar trazada, con delicadeza, en las paredes, en los muebles. En cada detalle de la habitación. Y entonces volvimos a cantar juntos, como cuando con mi guitarra, sangrante y distorsionada, acompañaba esta misma canción, mientras ella, con un cigarrillo consumiéndose entre los dedos, al más puro estilo de Beth Gibbons, vomitaba, uno tras otro, entre bocanadas, cada doloroso verso.
—Estás pálido, blanco como papel—me dijo. —Pareces un fantasma. Sonrió con la levedad de quien conoce todas las respuestas. Aun así, contesté que no pasaba nada, para no preocuparla. —¿Cómo puede estar tan fría la casa? Se acurrucó sobre mi hombro, la abracé y nos quedamos así un largo rato, en silencio, solo acompañados por el ruido de la calle una vez que el disco dejó de girar en la tornamesa. Se sentía bien estar así de nuevo. Qué ganas de haber congelado el instante. De haberme quedado arrimado por una eternidad al calorcito dulzón de la sangre y su bullir, en tanto esta, no dejara de repartir vida hasta el más apartado rincón de mi cuerpo, ahora, todo estremecido.
Fue entonces cuando al fin lanzó la pregunta que había venido a hacer:
—¿Ya tienes un plan? Respondí que aún no, pero sí, estaba pensando mucho en eso. —Quédate tranquilo, todavía tenemos algo de tiempo. Pero no te vayas a olvidar—. Se calzó el abrigo, ese mismo de color verde oscuro que me gustaba tanto, y que siempre le quedó tan bien. Fue cosa del momento, pero no pude evitar acordarme de aquella tarde que, de la nada transformamos en noche profunda, a fuerza de inagotables charlas y un inédito paseo tomados de la mano desde el Parque Portales hasta República con la Alameda, buscando un lugar donde comer lo que fuera. A esas alturas, cualquier cosa serviría para calmar el hambre. Más temprano, me habías disparado a quemarropa una frase de Calamaro, que cada cierto tiempo regresa como la bruma, melódica y certera, para hacerme sonreír. Poco antes de partir, mientras se acomodaba el cabello, me dijo:
—Toma todo esto como un acto de justicia, no de venganza. Esta última solo te nublará el entendimiento—. Salió dejándome un beso clavado en la frente y un sentimiento de derrota y hielo, solo comparable con el vacío brutal que conocimos aquella mañana del 2003, cuando el invierno nos mostró su peor cara en las cortinas del baño.
UN TREN PASÓ
Un tren pasó toda la noche;
el aire sofocado entre los rieles,
desde el insoportable ladrido de los perros
hasta el primer canto de los pajaritos
—esos que tanto te gustaban—.
Era ya tarde, casi la hora del diablo,
el sonido metálico de los carriles: machacados por mis pesadillas;
la barba se me ponía más blanca y el río incendiaba los pies,
como una metáfora de guitarra sin melodía,
como un llanto sin anestesia,
como la sombra del lado opuesto de la luna; esa misma, nuestra luna.
—¿Una manito de dominó mientras esperamos?—
Las patas colgaban del abismo que construimos con nuestros propios silencios.
Si pudieras entender el hielo que selló mis labios sabrías por qué se nos secó el patio,
por qué nos quedó tan solo un árbol mirando al cielo
y que nos obligó a pinchar las estrellas hasta quebrarlas,
a quedarnos con las manos en tinta, rojas, con la rabia a cuestas.
Condenados a tragar el veneno de esta existencia florecida entre las tumbas.
Un tren pasó toda la noche,
y no supimos qué hacer...
Me quitaste la cobija, me quejé de hambre,
vomitaste un suspiro y luego perdí el aliento.
Ya no había diamante alguno que nos relumbrase la vida,
solo fierros retorcidos por dentro del alma,
un choque frontal, escondido, pero asomado,
la dulce patria fusilada en las pupilas;
y volamos por los aires, destrozados pero felices, pañuelo al viento,
más tarde que temprano, como en septiembre.
Y se nos cayó de golpe la infancia,
se nos cayó de golpe la dulzura,
se nos cayó de golpe el amor.
Santo amor del cielo, rojo y justiciero.
Un tren pasó toda la noche,
me rajó el techo, resintió las cadenas,
agrietó las murallas, dañó la pintura;
entonces el cielo ya no fue más azul,
era solo un puñado de tiempo endurecido tras el cristal.
La estructura hoy cede, pero me quedo quieto,
pensando en tu vestido floreado,
en tus besos desaparecidos,
en mis ganas de ver la luz de un nuevo día,
en esta idea nada mala de quedarme estirado para siempre,
con un letrero colgado del pescuezo,
una sentencia en la frente,
un verdadero o falso,
una selección de alternativas incorrectas.
Nunca hice nada bien,
por eso fantaseaba con los trenes,
porque esperaba perderme:
por el norte, por los campos, en las llanuras,
en mí, en ti, en nosotros;
pero las astillas se fueron incrustando entre mis uñas,
la viruta del acero se me embutió por la nariz,
convirtió mis pulmones, mis arterias y todo cuanto yacía adentro
en una máquina de metal, altamente inoxidable;
hasta que un buen día, desaparecí.
Desaparecimos.
El uno del otro.
Nos perdimos entre el humo de la fábrica,
entre el aserrín, entre el carbón,
entre la tierra, el sol y el sudor,
entre las redes que van y vienen al fondo del mar,
entre el hedor de las carnes descompuestas.
En el cansancio nuestro de cada día.
Entre esto y aquello, entre todo, se me fue haciendo tarde.
Y pensé que lo soñaba, pero no era cierto,
ya me lo habías contado antes,
muchos años antes, en tu carta, aquella del siglo pasado:
«He escuchado un tren pasar toda la noche.
Un tren viejo de piedra y fierros tormentosos,
de carros pretéritos, con el humo pegado a la piel,
los pasos, como un trueno; el hambre, amarrada al existir.
Con la verdad en la punta de la lengua, y el espejo roto hasta la médula».
Fue entonces cuando entendí: siempre hubo un tren;
y si uno ha de partir, otro habrá de llegar.
¿Será cierto que ya vienes?
Ahora, si bien no vengas, espero, al menos,
hayas mandado fruta.
BALCON DE ABRIL
Conozco este lugar. Ya vine aquí antes. Pero claro, no puedo decírselo a Ana —esta fue su idea, por mi cumpleaños, la semana pasada—. Mucho menos he de mencionar que aquella vez estuve en esta misma habitación y cama de hotel, pero con otra. Aun por más años que ya hubieran pasado desde ese día, y que esta no fuera más que una muy desafortunada coincidencia. Enciendo un cigarro y con el fugaz destello del cerillo alcanzo a delimitar en la penumbra la frontera exacta que reposa entre su silueta cordillerana, su espalda desnuda y la pared. Parece dormir plácida. Pero no. Me pide, medio aletargada y de no muy buena gana, que apague el cigarrillo, pues yo sé—según ella—lo mucho que le molesta el humo, y que además necesita descansar un poco antes de irse a trabajar. No lo apago, pero opto por salir del cuarto y asomarme al balcón. La brisa de la madrugada casi siempre me calma la sangre, aunque a veces solo consigue contrariarme. No sé bien de qué depende lo uno o lo otro, solo tengo claro, a esta hora, una sola cosa, una duda a la que tampoco voy a encontrarle respuesta en este momento ni en este lugar. Pienso en cómo se vería desde acá mi humanidad reventada en el suelo, nueve pisos más abajo. En qué sentiría o pensaría en los breves segundos que habría de durar el vuelo. Pero, por otro lado, también considero la posibilidad de que, sin querer, con mi caída pudiera dañar a alguien, llevarme por encima a algún transeúnte desprevenido. Eso sí que no. Creo que es por aquella razón que siempre sentí la madrugada como el momento ideal para volar. Pero la buena de Ana no se merece pasar por esto. Ella no.
Aquella vez, la anterior, estuve realmente cerca de saltar. Prendo otro cigarro.
En esa época andaba bastante perdido, abrumado. Fabio, mi hermano mayor, había muerto cinco años antes. Fue un accidente desgraciado, pero evitable, como todo accidente. Tomaba un baño cuando su radio cayó dentro de la tina. Murió inmediatamente. Mis padres lo encontraron chamuscado a la mañana siguiente, al regreso de uno de sus ya habituales viajes. Para ese entonces pasábamos mucho tiempo solos y empecé a detestar quedarme en casa, sobre todo en las noches. Mis ausencias eran directamente proporcionales a las de mis padres. Fabio ya estaba en otra.
Aquella noche salí a reventarme con los muchachos del equipo de fútbol. Nos volvimos locos. Entrada la madrugada, una tropa de punkis de mierda, alcoholizados y drogados hasta la médula—tanto o más que nosotros— se cruzó en el camino con la única intención de fastidiarnos. ¿O fue al revés? Peleamos a lo bruto, en las afueras de una concurrida discoteca. No recuerdo mucho ahora, ha pasado un largo tiempo, además recibí demasiados golpes. Pero algo que nunca olvidé fue haber visto a un gordo enorme en medio de la camorra, como de dos metros de alto, llevaba mohicano y un candado que le atravesaba la nariz—parecía un toro desquiciado—. Le daba como bombo en el suelo al pobre de Jaimito, nuestro arquero. El resto son solo destellos y cortas imágenes en las que me veo vomitando varias veces y en distintos puntos de la ciudad. Estuvo bastante fea la cosa. La sacamos barata, con apenas algunos cortes y moretones. Pasamos el resto de la noche escondidos en un bar de mala muerte.
Al regresar, la tarde siguiente a casa, encontré a mis padres con el drama en carne viva. Papá, encerrado en su despacho. Mamá, abrazada a su baraja del tarot, esperando a que llegara la tía Juana y le tirara las cartas. Estaba muy obsesionada con eso. ¿Habrá sabido algo desde antes? El asunto es que nunca hablamos del accidente. La desgracia expandida ante mis ojos, con apenas trece cortos años a cuestas. Hasta ese momento no sabía cuánto odiaba a mi hermano. Aun lo odio, incluso más que antes. No hubo alivio en ese entonces. Ahora mismo no lo hay, y francamente, dudo mucho a estas alturas, que alguna vez lo haya. Quisiera tener, al menos un día de paz. Uno solo, y que esos putos ojos de cordero degollado, empotrados a la fuerza en su cara de mierda, no se me aparecieran por todos lados, a cada segundo. En cada mirada enjuiciadora, aun por más ajena que esta sea.
Un último cigarro. La ciudad, inevitablemente, comienza a despertar.
"S.O.S."
Lo que sabemos de Braulio es que suele dar largas caminatas por la ciudad registrando todo con su cámara. Lo que no sabíamos es que muchas de esas fotografías son rostros de personas. Conocemos su gusto por ABBA, y que baila y canta a todo pulmón. Lo que no sabíamos es que aquellas canciones las heredó de su madre. Se sabe que la infancia es tierna y la adolescencia complicada, más aún cuando se pierde a la progenitora de la forma en que Braulio la perdió. Sabemos que hay una canción que baila llorando a mares. Lo que desconocemos es que su mamá solía bailar la misma, también entre llantos. Sabemos que ama las películas europeas, y que estos últimos meses ha descubierto con sorpresa algunas joyas noventeras del cine asiático. Estamos al tanto de que quiere ser cineasta, pero siente que le faltan herramientas para conseguirlo. Hace poco supimos que colgó un mapa frente al escritorio. Lo que ignoramos es que en el segundo cajón guarda una cajita de pinchos que irá clavando a medida que vaya conociendo nuevos lugares. Por ahora la caja conserva su sello intacto.
Lo que sabemos de Winston es que le gusta que lo llamen Lennon. Lo que no conocemos es el resto de su historia. Se sabe que posee una inteligencia superior, y no solo porque, como suponemos, le gustan los Beatles (lo que en sí mismo ya habla de cierto nivel de agudeza intelectual), si no por la brillantez con que se desenvuelve en todos los ámbitos, pese a ser un bohemio empedernido. ¿Habrá sido siempre igual? Se sabe que con Braulio comparten la pasión desenfrenada del cine. Hace poco vieron «Ángeles caídos», del director chino Wong Kar Wai. A diferencia de su compañero, a Lennon no le gustó tanto como «Chungking Express». No tenemos claro si a Braulio le gustó esta última. Sabemos que Winston entendió de inmediato la metáfora escondida tras la escena de la abuela, que se repite, con ciertos matices, en la trilogía de los colores de Kieślowski. Lo que no sabíamos es que Braulio tuvo que visitar variados foros de internet para autoconvencerse, erróneamente, de que sí la había entendido. Pero no la entendió. Sabemos que la primera película que le voló la cabeza fue «La sociedad de los poetas muertos», mas no sabíamos que fue su profesor de Castellano, en la escuela, quien lo empujó a los brazos del séptimo arte. Sabemos que Lennon odia los rankings y las comparaciones, pero adora los catálogos.
En este punto estamos en condiciones de enterarnos que Braulio y Winston viven juntos. Con ellos también vive la gata de Braulio, Margot, quien maneja a la perfección el sutil arte del asesinato en primer grado, sobre todo de bichitos. Lo que no sabíamos es que por estos días Margot sufre de una grave fijación hacia Lennon, a quien no le gustan para nada los gatos, ni las gatas, ni los bichitos. De hecho, no le gusta nadie. Es allí donde creemos, radica en gran parte su inteligencia. Con el único que consigue explayarse cómodamente es con Braulio, aunque no teníamos cómo saber que casi siempre termina amargado y con la sensación de que este no lo escucha o no lo comprende, o peor, que le importa un cuesco escucharlo o comprenderlo. Sabemos que cuando esto sucede, Lennon se aísla, y pasa días sin hablar. Al final son las películas las que terminan por reparar aquellas grietas que afloran tras los desaires de Braulio, quien ignora por completo que Lennon muchas veces lo detesta, y que por ese motivo cada vez que puede, agujerea su caja y se escapa, sin importarle que en cualquier momento la gata pueda saltarle encima y acabar con él. Sin embargo, no sabemos a ciencia cierta si la felina querría matarlo y engullirlo, o bien, si solo jugaría un rato, hasta aburrirse y acabaría por ofrendárselo a su amo.
Hemos descubierto lo que Winston no es.
Sabemos que Lennon es Lennon y es Winston. Que no es humano, pero sí de carne y huesos. Que es cinéfilo y fanático de los Beatles. Lo que no sabemos, pero está a punto de revelársenos, y con lo cual este relato habrá de concluir, es que por las noches Winston es limpiavidrios y escapista. No obstante, en su mente, hasta ayer fue un intrépido aviador, y la semana pasada un refinado anticuario. Para mañana solo espera ser un útil guía turístico, ojalá lo más lejos posible de este lugar.
-
Despierto. Falta poco para el mediodía, y aun cargo el sueño de toda una vida acumulado en las pestañas. Dormir poco ya no es como ant...
